El carrito perdido

15 de agosto de 2013

Hoy al subirme al camión que me lleva al metro, me senté y encontré un carrito de juguete. Un niño debió haberlo dejado por accidente. En otras ocasiones no le hubiese prestado importancia, pero estaba escuchando música tristona y consecuentemente andaba pensativo.

Me quede viendo al carrito. Era una patrulla de policía, un Dodge Charger (por lo menos eso decía en la parte de abajo), no estaba muy maltratado, considerando como y cuanto juegan los niños, no debió tenerlo más de una semana.

Pensé en que el niño estaría muy triste cuando se diera cuenta que había perdido su juguete. Tal vez era su favorito, tal vez no, no importa, de modo que tuviera significado para mí, debió extrañarlo.

Los niños sufren intensamente, lloran como si no hubiera mañana, nada los consuela cuando pierden algo querido. Pero son rápidos para superar, al poco tiempo ya ni se acuerdan de lo que perdieron, ya no están tristes, siguen con sus vidas.

Y cuando uno crece las cosas se invierten. Las personas sufren más lentamente, se prolonga el tiempo de su duelo, se crean rencores, no sueltan tan fácilmente, entienden la perdida y la sufren acordemente. Lloran en silencio y a solas, a diferencia de los niños.

Piensan sobre lo inevitable que es ir perdiendo lo que uno más ama, en la impotencia que acarrea su propia incapacidad de hacer algo, al final, la verdadera catástrofe está en esas pequeñas cosas que están fuera de nuestro alcance. Saben que las cosas nunca serán iguales y que cada día, un momento por lo menos será un tributo a lo que perdieron.

Cuando lo que se pierde no son cosas recuperables como el carrito que encontré, sino seres queridos, ahí es cuando la vida después de la muerte, Dios y los ángeles se materializan, se vuelven más que ficción, para traer consuelo.

Los niños no entienden estas cosas, si lo hicieran se auto-secuestrarían en el útero de sus madres.

Conservaré el juguete. Será un tótem para recordar lo duro que es ser un adulto que entiende la irrecuperabilidad de las cosas.

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“Malditos incivilizados hijos de puta”

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30 de abril de 2013

 

Eso es lo que pensé cuando, en el metro, todo mundo se aventaba para entrar en el vagón. Nadie respetaba el orden en el que estaban formadas las personas, se daban codazos, se metían a la fuerza, aun cuando era claro que ya no cabía ni un alma más.

Yo creo que ni la mitad de ellos se comportaría tan incivilizadamente si el de al lado conservara sus modales. Lo que quiero decir es que la mayoría no son así, toman esa actitud como un modo de defensa, tipo “si él se va a poner cavernícola, pues yo también” o “de que me chinguen a chingar, pues chingar”.

Esa es, a mi gusto, una muestra de falta de autenticidad y de un modo de ser reaccionario. Este tipo de mentalidad sólo crea subproductos, borregos y copycats, y se refleja en muchos aspectos cotidianos, con los padres por ejemplo. Muchas de nuestras decisiones las basamos en el grado de satisfacción que nuestros padres tendrán al contemplarnos hacerlas. Como escuche una vez por ahí, ¿cuándo viviremos para nosotros y dejaremos de vivir para nuestros padres?, ¿cuándo tomaremos nuestras propias actitudes y dejaremos de tomarlas a causa de los demás? Somos malos o buenos sí los demás son así con nosotros. No tomamos la iniciativa, no ponemos el ejemplo.

Me recuerda a la Guerra Fría. Bueno me recuerda a lo que he leído al respecto, no estoy tan viejo. Esta era una guerra reaccionaria, de amenazas (todas lo son, pero ésta más). En el punto más crítico (la crisis de los misiles de Cuba) ambos actores tomaron la mejor decisión, fueron civilizados. Si no hubiesen tenido la confianza en actuar “bien” y en que produciría los mejores resultados, nos hubiese cargado el payaso.

Todos tenemos nuestras mini Guerras Frías, pero a diferencia de la internacional, la mayoría del tiempo no tomamos la mejor posición, nos rebajamos. No ponemos el ejemplo, copiamos.

 

The great outdoors

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28 de abril de 2013

 

Me encuentro un domingo por la mañana en la intemperie, en la naturaleza, lo que llamaré porque no se me ocurre otra manera “the great outdoors”. Una amiga participó en una carrera, vine a verla y mientras la esperaba me adelanté a la meta.

Pero cuando llegué me di cuenta que había mucho bullicio, música, publicidad, edecanes, puestos, todos moviendo sus cabecitas al ritmo del pop, bien guapos y guapas. Se me hizo un desperdicio pasar el tiempo ahí, cuando podía caminar, así que lo hice. No me alejé mucho, porque quería verla llegar. Encontré una bonita vista y me senté. Rápidamente me puse, casi en automático, en modo contemplativo. Después medité sobre el efecto que tienen estos lugares en uno y vinieron un par de ideas a mi cabeza.

La cosa es que en la ciudad nunca te sientes solo, ni pequeño, no importa cuán sola la calle ni cuán inmensa la ciudad. Creo que es por la falta de silencio. Estos son lugares en los que realmente te sientes pequeño, en el que puedes perderte por la inmensidad del paisaje, y eso, a mi parecer, crea un efecto poderoso. De repente te pones a pensar en ti, en tu vida, en la naturaleza que te rodea, en lo lejos que te encuentras de tus orígenes y lo atrapado que estas en lo banal de la vida contemporánea.

¿Es por eso que ya no somos reflexivos? ¿Es acaso porque no paramos de nuestra rutina?, ¿O porque estamos rodeados de ruido? ¿Por eso dejamos de ser sencillos? Yo creo que nos iría bien a los que vivimos en la ciudad visitar the great outdoors más seguido.

Taking Trump seriously

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17 de marzo de 2016

 

I know that talking about Donald Trump nowadays is extremely trite, and everybody gets onboard the hype train talking about how he beat expectations with his surprisingly resilience in the republican race to the nomination of the party, despite all the apparent “political suicides” he’s attempted. But it is inevitable, he really took the political handbook and shred it to pieces.

So I apologize for shoving Trump down your throat, as if you haven’t had enough.

I remember when he came out as a presidential hopeful and the hateful comments he made about Mexicans (I am Mexican by the way). I wasn’t really mad, because I didn’t take him seriously, even though I knew he was serious about his views. I didn’t think much of the American people could relate to that kind of demagogic and hateful-xenophobic speech, so I thought that he was just an old nutcase trying to grab attention like he’s always been and that he would fade quickly into oblivion.

I still think he’s an old nutcase, but it appears that he’s set to win the republican nomination and that he’s serious about it. I was wrong about him, and a lot of polls, primaries and caucuses have given me plenty of evidence. And the reason I suppose he wins state after state is that he connects somehow with a general anger that some people have against the government (the Washington cartel, as Ted Cruz has put it) and the status quo in general. Also, it shows that racism and bigotry are far from being eradicated and that some people are looking for someone strong (or at least someone who gives an appearance of strength) to advance their agenda.

Before I continue, I want to clarify that I don’t think every republican has this kind of mentality, or even all Trump supporters. Some must be his supporters for other reasons, but I do think they’re the minority.

In my opinion, the party has been losing touch with a considerable size of their base, which won’t budge to be more moderate and who want the US to be more hawkish (or should I say bullish) with basically the rest of the world. These are the people who find Trump’s rhetoric (perhaps inadvertently) most appealing. And based on the numbers, it is a lot of people. Shall he win the presidency, it’ll show a face of the US we thought long gone.

A fundamental question arises, as the establishment declares that standing against Trump is almost a moral issue: What gives them the right to deny people the candidate they choose? If the majority declares its preference, why the party leaders try to boycott the will of the people? It’s an uncomfortable truth about democracy, that no matter how unsettled you are or how much you disagree, if you’re not part of the majority, your opinion is inconsequential.

And you know what’s truly surreal? That it’s blatantly obvious that he doesn’t know a thing about politics, public administration, law, foreign affairs or decency. He just keeps saying that everybody loves him, that he’s going to ban Muslims from entering the country (I don’t care if he says is temporary, it’s still segregationist), bring back waterboarding (and a lot worse), halt trade between the US and China, because they’re “ripping us off” or building a wall in the US-Mexico frontier. Apparently, that’s enough to be a rising star in politics. For him of course, because any other candidate saying such absurdities would be out of the race in a moment’s notice (even for screaming funny).

Thomas Jefferson said “an informed citizenry is at the heart of a dynamic democracy”. With the Donald, fact-checking is not a necessity (although it’s nice) but common sense, to listen beyond the shouts and the euphoria and to ponder if there is really any substance behind the one-liners.

The republican party didn’t take Trump seriously, and now they’re facing a set of options less than ideal: stand behind Trump and risk losing credibility, and potentially the White House (the opinions about that are changing) or stand against him, and risk a probable fracture within the party and with voters, again probably losing the White House. Their paragons, Jeb Bush and Marco Rubio, were trailing Trump since the beginning, usually by long margins. It has been a mess from the start with clear signs of trouble and a lot of wishful thinking from GOP leaders that the businessman would lose his appeal with time, only to be proven wrong time and time again.

As a citizen of a country he has denigrated with his statements and a believer in the forces of acceptance and tolerance I totally disagree with his views of the world. I think it would do damage to both our countries to follow the policies he has put forward.

I still have hope about the common sense of the general population and that, in the end, the best of you, voters, will trump Trump.

 

Judas Iscariote, el mártir: Sobre el problema de la moral y justicia cristianas

Publicado originalmente en Salida de Emergencia, 18 de noviembre de 2014

Imagen: extracto de “El Arresto de Cristo” de Alberto Durero

La justicia y los conceptos morales son escurridizos y elusivos. Siendo que no se encuentran sujetos a comprobación (por lo menos no a la tradicional) nadie puede desaprobar nuestras nociones de justicia, virtud y vicio. Están fuera del campo de acción del método científico.

Hablando de justicia y de la Biblia, el caso de Judas Iscariote es el más curioso y obscuro. Ustedes ya se saben la historia. Judas, uno de los 12 apóstoles de Jesús, es contactado por los fariseos y le ofrecen 30 monedas de oro a cambio de entregar a su maestro. Por la avaricia lo hace, consumando su traición con un beso en la mejilla, tras lo cual la horrenda visión de su pecado lo atormenta al grado de volverle loco y ahorcarse.

En los evangelios él no es más que un recurso deus ex machina, un personaje puesto ahí sin más motivo que ser el que, de manera muy romántica, traicionaría a su señor y empezaría el martirio de la pasión. Aunque el texto nos menciona que el motivo de sus acciones fue la avaricia, esto no es más que un accesorio, porque en el plan divino esto debía pasar, no importando lo que llevara a la traición. Está ahí para que la historia continúe.

Imaginando un caso hipotético, un contrafactual de la historia oficial, a Judas se le apareció un ángel divino y le dijo que debía entregar a Jesús para consumar la misión de este. Un acto malo con consecuencias deseables (según este punto de vista, claro). Contra sus deseos tendría que traicionar a su maestro, para permitir la realización de un propósito mayor. ¿Cuáles serían ahora nuestras conclusiones y nuestra percepción sobre Judas Iscariote?

Judas deja de ser un simple peón, como la historia original nos dice. Ahora es un verdadero héroe, que sacrificó su salvación eterna para que Jesús pudiera pagar por nuestros pecados y obtuviéramos la nuestra.

Este experimento mental ayuda a vislumbrar el problema de la ética de la religión occidental, que se ocupa poco de conocer la naturaleza y causas de la voluntad. Lo ineficiente de la moral blanca y negra radica en esa mente simplista. No podemos pensar que todos los actos “malos” traen consecuencias desagradables, y viceversa; ni que existe tal cosa como lo “bueno y malo por naturaleza”. Toda la ética y la moral son subjetivas y humanas, cuando aseveramos esto es cuando la justicia divina cae. Claramente es el caso del apóstol traidor. A Judas debería tocarle un gran galardón, o por lo menos eximirle de su culpa.

Sobre la subjetividad de la moral, Russell lo explica claramente:

“En primer lugar, no puede haber tal cosa como el “pecado” en ningún sentido absoluto; lo que un hombre llama “pecado”, otro puede llamarlo “virtud”, y aunque sientan antipatía recíproca por razón de esta diferencia, ninguno puede convencer al otro de un error intelectual. El castigo no puede justificarse sobre la base de que un criminal es “perverso”, sino solamente sobre la base de que se ha conducido de una manera que otros desaprueban. El infierno, como un lugar de castigo para los pecadores, se hace irracional.”[1]

Lo cuestionable de la realidad de la volición libre y pura también presenta un gran problema para el sistema moral de la ortodoxia cristiana. Como muestran los descubrimientos en fisiología y psicología, la voluntad libre es cada vez más improbable. Todo acto tiene una causa, deriva de nuestra personalidad y ésta es moldeada por experiencias y secreciones, muchas fuera de nuestro poder. ¿Cómo va a juzgarnos el Dios de Abraham, Isaac y Jacob si, prácticamente, no existe el concepto formal del libre albedrío? Todo tiene sesgo, no hay tal cosa como la virtud o la maldad pura. No somos dueños totales de nuestros actos ni vemos las cosas de la misma manera. Por lo tanto no puede existir una ley absoluta en la que todos estemos de acuerdo y por la cual todos estemos dispuestos a ser juzgados.

El dogma de la religión occidental exige objetivismo en la moral, apelando a su origen divino. ¿De qué otra forma podría convencernos de dejar a un lado nuestras concepciones morales y seguir estrictamente una ley externa; a menos de que sea suprahumana?

Entonces, ¿En dónde radica el meollo del asunto? ¿En los resultados prácticos o en el valor intrínseco de las cosas? Si alguien mata al atacante de sus hijos ¿Es malo por haber matado, o bueno porque lo hizo defendiendo a su familia?

Los religiosos nos dicen que lo bueno es inmutable y eterno, no importa nuestra interpretación, o sus consecuencias. Los más implacables pragmáticos ven que sólo vale la pena fijarse en los resultados. Creo que nosotros, los que no deliberamos al respecto, nos movemos en el terreno intermedio. En los tiempos de paz tratamos de ser buenos según nuestros estándares y en tiempos de dificultad no nos importa faltar a nuestra moral, siempre y cuando obtengamos resultados deseables.

Este es un problema meramente humano, morirá cuando dejemos de existir, o cuando le encontremos solución. Creo que es más probable que muera con nosotros y quede como un enigma. Pero uno nunca sabe, tal vez es un problema que realmente tiene solución. Tal vez en un futuro lleguemos a ese anhelo a la Nietzsche de que el hombre sea súperhombre, y se encuentre más allá del bien y del mal.

[1] Russell Bertrand, Religión y Ciencia, Fondo de Cultura Económica, primera edición, México, 1951, pág. 163.

Hebreos 11:6

14 de abril de 2013

 

“Sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que la hay, y que es galardonador de los que le buscan”.

Aunque el pasaje anterior dice que deben tener fe los que se acercan a Dios , la primer parte sigue siendo contradictoria para mí, porque generaliza que todos debemos tener fe, si no le caeremos mal a Dios y nos castigará. O tal vez es una forma chantajista de que nos acerquemos a Él. De cualquier forma, se me hace manchado.

Siento que es un reflejo de lo rígido que es la religión institucionalizada, que debe servir a dos amos al mismo tiempo. A sus feligreses y a sus dogmas. Y como dice la escritura, uno no puede servir a dos amos, porque amará a uno y aborrecerá al otro (Mateo 6:24). Por eso las religiones se pasan de lanza con sus feligreses, por tener que seguir sus instituciones, las reglas del juego, que siendo dogmas, son de lo más rígidas. Aquí es cuando pagan los platos rotos los incrédulos, los fornicarios, los homosexuales, las rameras, los solteros (en ciertas religiones), las mujeres (en otras religiones) y en general, quien no encuentra sus necesidades espirituales satisfechas por un dogma en particular; pero que por alguna razón que todavía no entiendo (y que es sincera y respetable) creen en sus respectivas religiones.

Tengo un amigo que es un creyente sincero, alguien que es inteligentísimo, pero que cierto aspecto de su vida no está en “armonía” con su religión. Un día, hablamos sobre varias cosas, entre ellas lo oneroso de ser un paría dentro de tu propia iglesia. Entre muchas, llegué a la conclusión de que en la sociedad del futuro, que idealizo como una sociedad sin intolerancia, discriminación y totalmente abierta, una figura como la religión institucionalizada no tendría cabida. Es sencillamente incompatible con los ideales de esos tiempos.

Sin embargo, la búsqueda espiritual no dejará de ser. Esta nace de la incapacidad del ser humano de saberlo todo, de la realización de su propio yo, de lo maravillado que está con lo que lo rodea, como le es inexplicable su existencia sin un “arquitecto”, de la trascendencia que le requiere su mente y su corazón y en un punto de vista más negativo (pero igualmente real), su incertidumbre sobre el futuro, su miedo a la muerte y su necesidad de guía.

Es por eso, según yo, que es bueno ser ateo, pero con medida.

Nuevos hábitos

8 de abril de 2013

 

Como la necesidad de comer o dormir, ayer me nació la necesidad de escribir. No es algo para lo que tenga un particular talento, pero casi ninguna de las cosas en las que soy bueno me eran natas. Esto se dio porque me topé con algo que escribió alguien con quien compartí varias horas de mi vida no hace mucho. Supongo que al leerlo me inspiró a hacer lo mismo; claro, yo no podría escribir ni la mitad de lo bien que lo hace ella, pero heme aquí, tratando de sonar coherente y sincero en el intento, cosa muy complicada para un ser humano de mi edad, o de cualquier otra.

Admiro a los que escriben. Es más difícil que hablar. Cuando hablas no debes tener un discurso coherente, porque cinco minutos después de que empezaste quien te escucha ya olvidó lo que dijiste al principio. Si escribes la gente puede regresar al párrafo o a la página anterior. Supongo que es una lección de vida.

Ayer por la noche, después de hacer mucha lectura para una clase en la facultad que me gusta mucho, pero que es un verdadero dolor de cabeza (econometría para los versados) prendí un cigarro, me senté y me puse a pensar en los tropiezos que he tenido con la gente, en los tropiezos buenos, en las coincidencias gratas, en como algunas se desenvolvieron en relaciones de amor o amistad y otras se marchitaron. Y me pregunté si debí intentarlo más, si debí ser más valiente o tener más paciencia. Curiosamente me he encontrado en los últimos 6 meses con circunstancias que me requerían eso. Diría que es una señal, pero no creo en señales divinas, sólo el aprender por pendejo.

Al final, preguntarse semejantes cosas no hace ninguna diferencia si no tomas un paso para cambiar. El mundo está lleno de roles y prejuicios, cansarnos la espalda cargando con esa mierda no vale la pena. De por sí ya tenemos nuestros miedos, inseguridad e incapacidad de ver el futuro como para no arriesgarnos a experimentar por cualquiera de esas restricciones artificiales.

A veces nos escudamos en el individualismo, en que somos fuertes, en la idea de que tenemos todo, o de que nos bastamos para lo que sea. Yo lo hago. Pero supongo que también sé cómo es la vida con alguien a quien verdaderamente amas, y que tienes la confianza de que te ama, alguien que te es graciosa e inteligente en su propia manera, con quien te sientes libre, y sé que no vale la pena ser tan pusilánime ni orgulloso. No me hubiese dado la oportunidad de intentarlo. Lo chistoso es que, al principio, no le daba muchas posibilidades de éxito; yo y mis ideas salimos con la cola entre las patas después.

Y aunque no lo parezca, no solo hablo de relaciones amorosas, sino también de amistad, siento que aplica igual.

De hecho estoy acostado mientras escribo, y no sé porqué lo hago, pero es la misma pregunta planteada más arriba, ¿por qué no?