Judas Iscariote, el mártir: Sobre el problema de la moral y justicia cristianas

Publicado originalmente en Salida de Emergencia, 18 de noviembre de 2014

Imagen: extracto de “El Arresto de Cristo” de Alberto Durero

La justicia y los conceptos morales son escurridizos y elusivos. Siendo que no se encuentran sujetos a comprobación (por lo menos no a la tradicional) nadie puede desaprobar nuestras nociones de justicia, virtud y vicio. Están fuera del campo de acción del método científico.

Hablando de justicia y de la Biblia, el caso de Judas Iscariote es el más curioso y obscuro. Ustedes ya se saben la historia. Judas, uno de los 12 apóstoles de Jesús, es contactado por los fariseos y le ofrecen 30 monedas de oro a cambio de entregar a su maestro. Por la avaricia lo hace, consumando su traición con un beso en la mejilla, tras lo cual la horrenda visión de su pecado lo atormenta al grado de volverle loco y ahorcarse.

En los evangelios él no es más que un recurso deus ex machina, un personaje puesto ahí sin más motivo que ser el que, de manera muy romántica, traicionaría a su señor y empezaría el martirio de la pasión. Aunque el texto nos menciona que el motivo de sus acciones fue la avaricia, esto no es más que un accesorio, porque en el plan divino esto debía pasar, no importando lo que llevara a la traición. Está ahí para que la historia continúe.

Imaginando un caso hipotético, un contrafactual de la historia oficial, a Judas se le apareció un ángel divino y le dijo que debía entregar a Jesús para consumar la misión de este. Un acto malo con consecuencias deseables (según este punto de vista, claro). Contra sus deseos tendría que traicionar a su maestro, para permitir la realización de un propósito mayor. ¿Cuáles serían ahora nuestras conclusiones y nuestra percepción sobre Judas Iscariote?

Judas deja de ser un simple peón, como la historia original nos dice. Ahora es un verdadero héroe, que sacrificó su salvación eterna para que Jesús pudiera pagar por nuestros pecados y obtuviéramos la nuestra.

Este experimento mental ayuda a vislumbrar el problema de la ética de la religión occidental, que se ocupa poco de conocer la naturaleza y causas de la voluntad. Lo ineficiente de la moral blanca y negra radica en esa mente simplista. No podemos pensar que todos los actos “malos” traen consecuencias desagradables, y viceversa; ni que existe tal cosa como lo “bueno y malo por naturaleza”. Toda la ética y la moral son subjetivas y humanas, cuando aseveramos esto es cuando la justicia divina cae. Claramente es el caso del apóstol traidor. A Judas debería tocarle un gran galardón, o por lo menos eximirle de su culpa.

Sobre la subjetividad de la moral, Russell lo explica claramente:

“En primer lugar, no puede haber tal cosa como el “pecado” en ningún sentido absoluto; lo que un hombre llama “pecado”, otro puede llamarlo “virtud”, y aunque sientan antipatía recíproca por razón de esta diferencia, ninguno puede convencer al otro de un error intelectual. El castigo no puede justificarse sobre la base de que un criminal es “perverso”, sino solamente sobre la base de que se ha conducido de una manera que otros desaprueban. El infierno, como un lugar de castigo para los pecadores, se hace irracional.”[1]

Lo cuestionable de la realidad de la volición libre y pura también presenta un gran problema para el sistema moral de la ortodoxia cristiana. Como muestran los descubrimientos en fisiología y psicología, la voluntad libre es cada vez más improbable. Todo acto tiene una causa, deriva de nuestra personalidad y ésta es moldeada por experiencias y secreciones, muchas fuera de nuestro poder. ¿Cómo va a juzgarnos el Dios de Abraham, Isaac y Jacob si, prácticamente, no existe el concepto formal del libre albedrío? Todo tiene sesgo, no hay tal cosa como la virtud o la maldad pura. No somos dueños totales de nuestros actos ni vemos las cosas de la misma manera. Por lo tanto no puede existir una ley absoluta en la que todos estemos de acuerdo y por la cual todos estemos dispuestos a ser juzgados.

El dogma de la religión occidental exige objetivismo en la moral, apelando a su origen divino. ¿De qué otra forma podría convencernos de dejar a un lado nuestras concepciones morales y seguir estrictamente una ley externa; a menos de que sea suprahumana?

Entonces, ¿En dónde radica el meollo del asunto? ¿En los resultados prácticos o en el valor intrínseco de las cosas? Si alguien mata al atacante de sus hijos ¿Es malo por haber matado, o bueno porque lo hizo defendiendo a su familia?

Los religiosos nos dicen que lo bueno es inmutable y eterno, no importa nuestra interpretación, o sus consecuencias. Los más implacables pragmáticos ven que sólo vale la pena fijarse en los resultados. Creo que nosotros, los que no deliberamos al respecto, nos movemos en el terreno intermedio. En los tiempos de paz tratamos de ser buenos según nuestros estándares y en tiempos de dificultad no nos importa faltar a nuestra moral, siempre y cuando obtengamos resultados deseables.

Este es un problema meramente humano, morirá cuando dejemos de existir, o cuando le encontremos solución. Creo que es más probable que muera con nosotros y quede como un enigma. Pero uno nunca sabe, tal vez es un problema que realmente tiene solución. Tal vez en un futuro lleguemos a ese anhelo a la Nietzsche de que el hombre sea súperhombre, y se encuentre más allá del bien y del mal.

[1] Russell Bertrand, Religión y Ciencia, Fondo de Cultura Económica, primera edición, México, 1951, pág. 163.

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